Posteado por: Perico | 29 septiembre 2013

Déjame Que Te Cuente Un Cuento

A veces me cuesta entender esa capacidad nuestra humana de medirlo todo teniendo como referencia a nosotros mismos, nunca lo he entendido, la verdad, y más cuando te cuentan en las clases de física que, cuando uno estudia un sistema, debe tener bien claro si el que está “midiendo” está dentro, o fuera, a efectos de interpretar los resultados alcanzados. Quizás, como dicen algunos autores, la razón estribe en esa visión religiosa antropocéntrica en la que Dios ha hecho todo por y para el hombre, donde todo son meros objetos y herramientas a disposición de algo, que según ello mismo, se define como creado a igualdad y semejanza de ese Dios que lo ha creado. Algo así como sacarse de la manga aquello de yo soy Rey porque esos son los designios de Dios. Como dicen en mi pueblo ¡Con dos cojones!

Actualmente me encuentro leyendo un libro del que os voy a dejar un extracto. Se trata de un cuento de Stanislaw Lem donde se sintetiza la obsesión del ser humano por afirmarse a sí mismo, no sólo como superior a los demás seres vivos sino de incluso de origen radicalmente distinto a cualquier otra forma de vida; la obsesión por afirmar que en nada es comparable a ninguna otra especie animal y que la singularidad de sus capacidades, de su alma, de su origen divino, lo colocan al otro lado de un abismo infranqueable. Como bien adelantó el filósofo Immanuel Kant en su momento: la inmoralidad comienza precisamente cuando alguien se quiere a sí mismo como la excepción.

 

Erase una vez, en un lejano futuro, el ser humano domina los viajes interestelares y descubre que en el universo hay miles de planetas poblados por los seres más diversos, muchos de ellos de una gran inteligencia. La mayoría de estas especies se han aliado en una suerte de ONU, la Organización de los Planetas Unidos, y un buen día invitan a un ser humano a una sesión de la asamblea para decidir si incorporan a la humanidad a este organismo.Un representante de la organización pregunta al terráqueo: “¿en qué creen los humanos?”, y éste, delante de miles de especies distintas, le responde: “creemos que el ser humano es la medida de todas las cosas”. No le hace falta decir nada más. Los miembros de la asamblea se dan cuenta, de inmediato, de que una vez más les ha caído otra especie que también se cree que Dios los hizo a su imagen y semejanza, que poseen un alma inmortal que los demás no tienen, etc. Un científico de otro planeta lamenta tener que decepcionar al humano respecto a su origen y su importancia. En realidad, explica, los humanos no son creación divina. Lo que sucedió fue que un par de inidividuos de una lejana galaxia estaban realizando un viaje interestelar y tenían los contenedores de basura orgánica llenos. Casualmente, pasaban entonces junto a un planeta deshabitado, así que vaciaron en él sus contenedores de basura.Uno de los pilotos, resfriado, estornudó sobre los desperdicios. Estos restos de basura y ese estornudo fueron el origen de la vida en la Tierra. También le revela que según la clasificación galáctica de las especies, el nombre científico de la especie humana no es Homo Sapiens, sino Cadaverófilo Furioso, por el modo en que destruye la vida que hay en su propio planeta.

Y colorín colorado, este cuento se ha acabado.

Espero que os haya gustado y que la vida os sonría.

 

P.D. La información, a pesar de algo de cosecha propia, la he extraído del libro “Razonar y Actuar en Defensa de los Animales”, un bonito regalo que ya me hicieron hace un tiempo.

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