Posteado por: Perico | 27 marzo 2010

Doctor, Dígame Qué Me Pasa – II

Hoy, revisando ciertos comentarios y lugares de Facebook, he visto que Lorena dejó hace unos días una entrada interesante con respecto a una manifestación que se celebra contra la tauromaquia, en Madrid, este fin de semana y la verdad es que me ha recordado un antiguo post: Doctor, dígame que me pasa.

El escrito tiene como autor a un periodista llamado Francisco González Ledesma, y fue publicado, al parecer, en la edición impresa del periódico El País el día 5 de Marzo de este año (imagino que a raíz de la polémica sobre la prohibición de las corridas de toros en Cataluña). Os lo dejo tal cual.

Perdonen si empiezo con una confidencia personal: yo, que soy contrario a los toros, entiendo de toros. Durante años, cuando me recogieron en Zaragoza durante la posguerra, traté casi diariamente con don Celestino Martín, que era el empresario de la plaza. Eso me permitió conocer a los grandes de la época: Jaime Noain, El Estudiante, Rafaelillo, Nicanor Villalta. Me permitió conocer también, a mi pesar, el mundo del toro: las palizas con sacos de arena al animal prisionero para quebrantarlo, los largos ayunos sustituidos poco antes de la fiesta por una comida excesiva para que el toro se sintiera cansado, la técnica de hacerle dar con la capa varias vueltas al ruedo para agotarlo… Si algún lector va a la plaza, le ruego observe el agotamiento del animal y cómo respira. Y eso antes de empezar.

Vi las puyas, las tuve en la mano, las sentí. El que pague por ver cómo a un ser vivo y noble le clavan eso debería pedir perdón a su conciencia y pedir perdón a Dios. ¿Quién es capaz de decir que eso no destroza? ¿Quién es capaz de decir que eso no causa dolor? Pero, claro, el torero, es decir, el artista necesita protegerse. La pica le rompe al toro los músculos del cuello, y a partir de entonces el animal no puede girar la cabeza y sólo logra embestir de frente. Así el famoso sabe por dónde van a pasar los cuernos y arrimarse después como un héroe, manchándose con la sangre del lomo del animal a mayor gloria de su valentía y su arte. Me di cuenta, en mi ingenuidad de muchacho (los ingenuos ven la verdad), de que el toro era el único inocente que había en la plaza, que sólo buscaba una salida al ruedo del suplicio, tanto que a veces, en su desesperación, se lanzaba al tendido. Lo vi sufrir estocadas y estocadas, porque casi nunca se le mata a la primera, y ha quedado en mi memoria un pobre toro gimiendo en el centro de la plaza, con el estoque a medio clavar, pidiendo una piedad inútil. ¡El animal estaba pidiendo piedad…! Eso ha quedado en la memoria secreta que todos tenemos, mi memoria del llanto. Y en esa memoria del llanto está el horror de las banderillas negras. A un pobre animal manso le clavaron esas varas con explosivos que le hacían saltar a pedazos la carne. Y la gente pagaba por verlo. El que acude a la plaza debería hacer uso de ese sentido de la igualdad que todos tenemos y darse cuenta de que va a ver un juego de muerte y tortura con un solo perdedor: el animal. El peligro del toreo, además de inmoral como espectáculo, es efectista, y si no lo fuera, si encima pagáramos para ver morir a un hombre, faltarían manos y leyes para prohibir la fiesta. Gente docta me dice: te equivocas. Esto es una tradición. Cierto. Pero gente docta me recuerda: teníamos la tradición de quemar vivos a los herejes en la plaza pública, la de ejecutar a garrote ante toda una ciudad, la de la esclavitud, la de la educación a palos. Todas esas tradiciones las hemos ido eliminando a base de leyes, cultura y valores humanos. ¿No habrá una ley para prohibir esa última tortura, por la cual además pagamos? Perdonen a este viejo periodista que aún sabe mirar a los ojos de un animal y no ha perdido la memoria del llanto.


Feliz fin de semana y, si alguno acude a Madrid, sería muy interesante cualquier comentario al respecto.

P.D. La foto la he sacado de aquí.



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Responses

  1. Me suena todo esto, muy bien, hay que darle propaganda, que se sepa. MUA!

    • Para eso estamos aquí Rubia, para poner el grito en el cielo. Gracias por tu comment 😉

      Besines.

  2. nunca comprendere que ve la gente de arte,en una tortura tan bestial…pero entiendo que en este mundo hay gente que se regocija en el sufrimiento de los demas,para verse uno mismo superior…este es.el ser humano…o mejor dicho algunos seres humanos…!!!

    • La verdad es que no sé qué contestarte nen porque yo también me hago esa pregunta muchas veces. Recintemente he leído a algún autor que comenta que lo que nos pasa durante la niñez, decide muchas cosas sobre nuestro futuro, no ya sólo a nivel personal sino a nivel de relacionarnos con la Vida. Quizás, como afirman también otros, el haber nacido en un habiente que ve esto como normal, inhiba, castre o adormezca eso que llamamos piedad.

      Te dejo una cita de Joaquín Araújo al respecto:

      “Cuando la muerte, aunque sea la de un animal, resulta divertida para alguien, estamos renunciando sencillamente a una de las mejores facetas de lo humano: la piedad. (…) Los animales tienen derecho a no morir sufriendo, torturados y menos como diversión. Y casi sin excepciones, los filósofos de la ética están de acuerdo en que es un mal moral el causar dolor y muerte, intencionadamente y con regocijo, a otro ser vivo. Incluso algunos, no partidarios de considerar que los animales tengan o deban tener derechos, caso de J.A. Marina, en su rescatador “Ética para náufragos”, sí reconocen que los humanos tenemos el deber de no hacer sufrir a los animales. De momento hay mayoría de interesados (en torturar a los toros) y aplican el rodillo. Hacen lo que todas las mayorías: instalarse y acorazarse para intentar perpetuarse. Precisamente por ello han comenzado a utilizar con cierta frecuencia un mal plagio de algunos argumentos de corte ecológico. Hablan de la conservación de una especie única, como si no hubiera varios millones de ellas que están protegidas e intentamos conservar sin llevar a una fracción de las mismas a una lenta agonía pública. Mencionan el vegetarianismo, como si de lo que se tratara no fuera de una tortura convertida en espectáculo. Hablan de dehesas salvadas, como si no hubiera centenares de miles de hectáreas de ese precioso ecosistema sin ganaderías taurinas. Se podrían ahorrar el trabajo, porque al final se trata de disfrutar con el dolor ajeno, o buscar alguna otra diversión sin daños para terceros.”


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